Breve lección sobre la magia
Las volutas de humo danzaban alrededor del pupilo mientras éste maravillado seguía las formas caprichosas que se iban tomando, girando sobre sí mismo. Ahora un caballo, ahora un carro, después un pez, luego un dragón. Su maestro echó unas cuantas ramitas verdes más al brasero del que salían esas volutas de humo y que después él transformaba en esas graciosas figuras que deleitaban a su pequeño aprendiz.
— El control sobre los elementos y los fenómenos naturales, eso que en los cuentos llaman magia, no es más que un acuerdo, a veces tácito, a veces expreso, entre las fuerzas gobernantes de estos fenómenos y el interesado — aclaró su voz al ver que su concentración acababa por romperse al iniciar su explicación. Las formas que se dibujaban y danzaban se arrastraron entonces por el aire, deformándose en su curso natural. — Poco se conoce sobre estas fuerzas. Hay quienes llaman deidades, dioses o guardianes a estas entidades. Las hay más reservadas y más evidentes. Más notorias y más sutiles.
— ¿Cómo se llama ésta que os permite moldear el humo, profesor? — el boquiabierto alumno seguía fascinado por el baile que las formas humeantes habían representado a su alrededor.
— Nefvra es como se conoce a la fuerza gobernante de las sutiles brisas del aire. Y gracias a Nefvra es que he podido gestionar parte de su dominio, de forma temporal, para demostrarte su presencia y su poder. — De nuevo aclaró su voz y arrojó algo de arena en el brasero con el fin de apagar las ramitas verdes que ya prendían demasiado. El humo se acumulaba irritando los ojos y la garganta. — Este pequeño ejercicio no es más que un crédito que Nefvra nos concede, a sabiendas que tarde o temprano deberemos pagarlo. La magia como suele llamarse no es más que una transacción. Un intercambio, un arrendamiento temporal de habilidades. Nefvra me permite dar esas formas al humo como como la arcilla en las manos del alfarero. Esta clase de demostraciones tiene un coste mínimo, o incluso cero. Usos más… intensos… de esta habilidad requeriría por mi parte algo más hacia Nefvra.
El anciano se quitó con pausa sus gafas de cristales redondos y pequeños para limpiarla con el borde de su camisa de lino azul. Era un gesto estudiado y mecánico que inconscientemente usaba para darle solemnidad a su discurso.
— Este poder tiene un coste. Por ejemplo, la saeta de fuego pyrosagitta puede costar un pequeño favor a Vulkanis, una ofrenda o algo de culto. Usos más intensos se traducen en términos contractuales… exigentes — volvió a carraspear y se puso las gafas. Se giró hacia la ventana y llevó sus manos a su espalda.
— Pactar con ellos es un terreno incierto. Todo tiene un coste, joven I’Zil. Y la imaginación de estas fuerzas divinas supera con creces la nuestra.