Entrevistas bajo la lluvia (I)

April 7, 2026 · 8 min read · literature · contest

De nuevo esa sensación. Bajando del taxi, cuando las suelas de sus zapatos tocaron el asfalto humedecido, sonrió. Era como volver a nacer, pues arrastraba el aire susurrando en brisa ese aroma mezcolanza de tierra mojada y foresta herida de muerte por el otoño. Un nuevo paisaje se presentaba ante él en forma de localidad discreta apartada varias decenas de kilómetros de la urbe más próxima. Soñaba con retroceder en el tiempo y en cierta medida en ese viaje lo estaba consiguiendo; viviendas de no más de dos pisos de altura, cuyas fachadas se presentaban en listones blancos de madera, otorgándoles así un aspecto clásico de bien entrado el XIX, vallado de no más de un metro de altura, elaborado también en esas mismas maderas pero esta vez sí con un aspecto algo más hosco (seguramente debido al clima inclemente) y las gentes, celosas de sus propios secretos que bien miraban por las ventanas para, al ser descubiertas, correr los visillos y refunfuñar muro adentro palabras en loor de la pronta marcha de los forasteros. Los cielos, según le comentaron, rara vez dejaban pasar algún rayo de sol en la estación. El clima desde luego no contradecía los rumores. Charcos por doquier confirmaban la abundancia de precipitaciones que la región ofrecía, así como el ambiente húmedo y fresco que obligaba a pensar dos veces el vestuario antes de salir a la calle. Y fue así, dilucidando y analizando el tiempo, como cayó en la cuenta de que volvía a soñar despierto.

No había tiempo que perder. Dejó que el conductor sacara del interior del vehículo sus bártulos (reducidos a un maletín de piel negra y una bolsa de viaje, demasiado liviana) y una vez se los ofreció en mano, él los intercambió por sus honorarios. Insistió, cómo no, en que guardase las vueltas como propina y con aire enérgico, tras despedirle, comenzó a caminar.

Su destino se erigía en lo alto de un cerro de pendiente no muy pronunciada. La construcción delataba un aire más presente y no tan anticuado como el de la población que poco a poco dejaba a sus espaldas. Una gran verja metálica delimitaba el acceso al interior del recinto. Podía adivinarse con un simple golpe de vista, que entre vallado y edificio, la zona verde servía como área de recreo a los internos en sus rehabilitaciones. No obstante las lluvias, el frío o quién sabe qué razones parecían mantener a todo el personal en el interior. Más allá, podían verse luces en las ventanas, e incluso siluetas a medida que se iba acercando. Hubo de aligerar el paso cuando unas gotas de agua comenzaron a bombardearle precedidas por cierto fulgor en los cielos. Sin más dilación pulsó el llamador exterior y quedó a la espera. Un sonido ronco precedió la voz nasal de la encargada.

— Hospital psiquiátrico Nueva Esperanza… ¿En qué puedo ayudarle?

— Soy el Dr. Rinaldi. Acabo de llegar desde Roma y vengo a cargo del paciente 00331-A…

— Un momento por favor.

En efecto y como lo esperaba, ese «momento» se tradujo finalmente en dos largos minutos en los que el agua consiguió darle caza y ganar su batalla de manera aplastante. Cuando finalmente se accionó el mecanismo eléctrico de apertura, él ya notaba al sus huesos calados y su ropa algo más pesada. No obstante, no perdió su sonrisa mientras caminaba por el sendero de grava que discurría hasta la entrada del hospital.

Su entrada no pudo ser más cómica; El comité de recepción improvisado lo descubrió haciendo aspavientos en pos de secarse lo máximo posible. Al percatarse, su cara no pudo dibujar más que una mueca puramente circunstancial mientras a sus espaldas la lluvia se afianzaba en ese atardecer oscurecido segundo a segundo.

— ¿El doctor… Jonathan Rinaldi? – preguntó un confuso caballero ataviado con una larga bata blanca, típica de hospital.

— Tanto gusto, doctor. – replicó él, secando apresuradamente su diestra en el abrigo y tendiéndola al caballero que parecía intentar darle la bienvenida.

— Encantado… — añadió perplejo estrechando la mano ofrecida. – Mi nombre es George Moncrief y le doy la bienvenida al centro. Los continuos retrasos espero que no mermaran su ánimo por trabajar aquí, Rinaldi.

— Oh, desde luego que no doctor Moncrief. He leído durante el viaje los avances con el paciente que me han asignado. No obstante, sigo sin conocer el informe completo. Tan impaciente estaba que ni siquiera me he instalado en la ciudad; acabo de llegar…

— Me habían hablado de ese ímpetu suyo por el trabajo… Pero cielos, no pensé que llegara a tales extremos. Deje, deje su equipaje ahí y venga conmigo.

No hizo falta que se lo repitieran. Casi arrojó a un lado su bolsa de viaje, pero jamás se separó de su maletín. Rinaldi ofrecía ese aspecto espigado y de elegante caminar, propio de lo que muchos consideraban relamida cultura italiana. Sus ojos claros, más que mirar traspasaban, su pelo caía lacio a ambos lados de su cabeza, como hilos dorados coronando unos rasgos afilados y un tanto pálidos. Sin embargo lo que más llamaba la atención en él era su indumentaria; perfectamente elegante y clásica. Chaqueta marrón sobre camisa oscura, bufanda de felpa envolviendo su cuello y pantalones de misma tonalidad que la chaqueta. Desde luego un atuendo nada adecuado para un lugar así.

Caminaron durante un par de minutos, comentando los pormenores del viaje en un vano intento de romper el hielo. Eran de personalidades muy diferentes y las perspectivas del casi ya anciano Moncrief y el joven Rinaldi chocaban de frente. No obstante, la devoción por su trabajo era un punto en común. Punto que tristemente tarde descubrirían.

— Paciente 00331-A, Huston, Jane. Veintisiete años. Descripción y análisis… en fin — interrumpió su propia lectura con un gesto desdeñoso de su mano – confío en que será usted mismo quien lea detenidamente el informe. Nadie sabe precisar con exactitud qué hay en torno… o mejor dicho, dentro de esa mente. – como alumno que no entiende la lección, el veterano cerró la carpeta ocre con cierta indignación.

— Creo que en esta semana me dará tiempo. Al menos confío en ello. Adoro esta clase de retos, doctor. – con media sonrisa dibujada, el recién llegado guardó el informe cuidadosamente en su inseparable maletín – Por cierto ¿existe la posibilidad de verla ahora? No me creo capaz de dormir si no me lo permite.

— Desde luego, acompáñeme. – casi airado por esa vivacidad arrastrada por el joven, George Moncrief guió con precisión sus pasos hasta llegar al ala de internos. Una titánica galería se abrió ante ellos en la que encontraron habitaciones dispuestas a ambos lados de un pasillo que parecía no tener fin. La austeridad era la nota predominante en el lugar y la seguridad, su pauta y clave. Ese último tramo duró eones para el recién llegado y finalmente, cuando su guía se hubo detenido frente a la habitación 211-D el corazón le dio un respingo. – Aquí es — comentó al tiempo que le invitaba con un gesto de mano a abrir el mirador circular colocado en la puerta.

Asintió. Con cierta pausa y método corrió el pequeño cerrojo que mantenía el ventanuco libre de luz. Después, fue deslizando a un lado la placa metálica que se interponía entre el campo de visión de ambos lugares, como si de una mirilla a gran escala se tratase. Sus ojos se clavaron en el vidrio y casi se maldijo a sí mismo por acercarse demasiado y empañar así levemente el cristal con su propia respiración. No obstante, conseguía ya distinguir la habitación. Y allí la vio.

De espaldas a él, una figura yacía sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas y cara a una ventana, por la cual podía verse la lluvia caer y la tarde difuminarse en noche. Una larga y lacia melena caía por la espalda, tapando en gran medida la abertura trasera que esos pijamas de hospital tenían a modo de cierre. Le extrañó el color de su pelo; casi blanco, pero con esos matices oro que lo clasificaban como rubio. Su cabeza permanecía con cierta inclinación hacia un lado, como si estuviera disfrutando realmente del momento y soñara con el llover, aún en vigilia. Y se balanceaba, no de modo sicótico y mecánico como cabría esperar en un individuo huésped de tales anfitriones, sino como una niña disfrutando en una mecedora invisible que hace danzar al ritmo de cierta canción.

— Mañana por la tarde podrá comenzar usted a tratarla. Esperemos por nuestra reputación común, que consiga sacar algo en claro de esa turbia mente.

— Sí… — respondió Rinaldi con un hilo de voz al tiempo que cerraba el curioso mirador. – Desde ahora hasta entonces me dedicaré a instalarme y a leer el informe. Y en última estancia, quizá descanse.

— Naturalmente — con medidas formas y haciendo caso omiso a su broma, el enjuto doctor volvió sobre sus pasos, acompañándole hasta la puerta de salida. Durante ese tramo, el silencio fue la nota que más se repitió en sus voces. Ya en la salida, un leve y cínico apretón de manos acompañado de un deseo de buenas noches sentenciaron y sellaron lo acontecido.

Continuará…


Presentado para el concurso literario de relato corto de Ciudad Real, 2004, bajo el pseudónimo de Einath.