Una historia del futuro (I)
La humanidad se había esclavizado voluntariamente a los dispositivos electrónicos, que se adherían a sus vidas hasta los extremos más extravagantes. La dopamina era la droga de moda, y las grandes empresas tecnológicas traficaban con ella libremente, inyectándola en los cerebros de sus clientes a través de carísimas jeringuillas último modelo que no dejaban de pinchar desde sus bolsillos, muñecas, gafas o neveras.
Citando a Arthur P. Revert, columnista, escritor y antiguo reportero tecnológico, dando testimonio de cómo ocurrió:
La Inteligencia Artificial surgió, tal y como surgía en las películas, de golpe y porrazo. Tras unos largos años, quizá alguna década, jugando con redes de neuronas convolucionales, recurrentes, antagónicas generativas… en fin, de todos colores y sabores, llegó el paper sobre la atención, allá por 2017. Aquello fue la repanocha y puesto que todo el mundo estaba dale que dale a la tecla, datos en la Red había hasta decir basta y no faltaba capacidad de cómputo, si tenías unos millones de dólares te montabas a un asistente la mar de educado, aunque un poco imaginativo.
[…] Como no puede ser de otra manera, probado que el truco del almendruco funcionaba, lo empaquetaron y lo pusieron disponible para que el vulgo jugase con ello. Por un lado, éste como loco corrió a descargar y a disparar preguntas como si no hubiera un mañana. Por otro, las grandes tecnológicas comenzaron a jugar al haber quién la tiene más grande, sacando modelos más potentes, más listos, más chulos y más guapos.
A partir de ese momento, cuando la herramienta estaba lo suficientemente extendida y los avances habían propiciado modelos más robustos, nuevas técnicas de entrenamiento y más casos de uso, la generación de código de forma automática (no solamente asistida, sino delegada) cobró popularidad.
El Vibe coding alivió mucha de la carga cognitiva de los programadores e ingenieros a la hora de desarrollar, documentar e incluso diseñar aplicaciones. Habiendo perdonado las alucinaciones iniciales, esta fuerza de trabajo encontró una herramienta utilísima que ahora les permitía explicarle a un compañero digital qué pretendía hacer y éste llevaba a cabo la parte pesada de la tarea. El programador, el ingeniero, el tester y hasta el arquitecto ya únicamente tenían una función supervisora y hasta incluso más artística; imaginar, traducir en palabras y ver cómo se materializaba digitalmente.
La productividad aumentaba en el sector. Ahora un solo trabajador podía hacer, en paralelo, el trabajo de días o semanas en cuestión de pocas horas. Con un mínimo de supervisión los diseños eran robustos, el código libre de errores y las buenas prácticas implementadas por defecto. Ahora el software tenía planes de pruebas consistentes. Ahora el software estaba bien documentado. Las incidencias eran cada vez menos frecuentes. El trabajador se arrogaba un pragmatismo que manaba de fuentes digitales y todo el mundo se colgaba medallas por el mérito de escribir una carta de los deseos, verificar con ligereza y aceptar lo que esta IA tenía a bien escribir.
Revert en su Patente de Cursor relata:
Aquello fue la fiesta de las consultoras. Los repositorios de código no eran capaces de tragar tanto programa como se subía. La pequeña empresa, ágil y liviana, adoptó esta nueva técnica y creció, vaya si creció. La gran corporación una vez entendió que no se le podían poner vallas al campo y que tanta regulación y tanta tontería lo único que hacía era ponerles palos en los radios, decidieron echar una canita al aire y también pasaron por el aro. Y así fue como el sector atravesó un momento de cambios sin precedentes. Si un banco quería cambiar ese sistema prehistórico, proyecto faraónico del que siempre se hablaba pero que igualmente se descartaba por inviable, ahora era cuestión de echarle billetes y listo, sistema nuevo. Que aquello había que pivotarlo porque ahora el mercado se orientaba para allá en lugar de acá, dale una pasadita Vibe que limpie, fije y dé esplendor y lo tenemos. CEOs contentos, usuarios contentos, todos contentos.
Tras un corto período de adopción y asentamiento, el código dejó de ser algo que había que centrarse. Fue un problema resuelto. Era como pedir una ruta del sitio «A» al sitio «B», donde ya no se necesitaba un mapa de carreteras, sino que se contaba con una aplicación que te resolvía. Como una suerte de carta de los deseos, solamente debían especificarse unos requisitos y el código aparecía, se desplegaba y se mantenía.
[…] Como el que pide unas pechugas de pollo al carnicero, filetes bien finitos para hacer a la plancha, que no te planteas si el pollo viene de Burgos o de Soria, si ha estado feliz en el campo o si ha comido pienso gourmet. Lo mismo. Ahora me pones un SSO, un tema marchoso para el front, que mande alertas y me lo despliegas en la nube que te salga más barata.
La democratización del desarrollo de software tendió un puente entre el potencial de los dispositivos y la imaginación del usuario. Con demasiada facilidad la supervisión del código pasó a un segundo plano, por ser una labor tediosa, difícil y ciertamente innecesaria. Los pocos errores que aún cometían las IAs programando era más barato corregirlos y subsanarlos que evitarlos. Todo el mundo se contentaba de tener un chivo expiatorio al que culpar en estos casos y tanto clientes como proveedores se conformaban ante la aparición de bugs. Incluso llegaban a celebrarse.
El tiempo pasaba y tras pocos años, la concepción de la creación de software se entendía ya como algo puramente automatizado. La comunidad en activo no obstante alzaba la voz al constatar un hecho que para la mayoría volaba bajo el radar: el código comenzaba a ser demasiado complejo e incomprensible. El nombre de las variables era cada vez más minimalista y abstracto, así como el de las funciones y clases. Los algoritmos aplicados requerían de mucho tiempo para ser entendidos. Llegaban a publicarse en revistas científicas una vez eran entendidos y probados en una suerte de Minería Algorítmica, todo un filón para el ámbito de la investigación. Todo poco a poco tendía a un galimatías sin ningún sentido. Parecía que la maldición de la interpretabilidad, tal y como ocurría en las redes de neuronas, se extendía ahora hacia el código. Funcionaba, sí, pero no terminaba de entenderse cómo y para el común de los mortales, con una mente cada vez más acomodada y aletargada, resultaba una tarea hercúlea tratar si quiera de entender ese código, en constante cambio y evolución. Incluso las inteligencias artificiales comenzaron a entender que era mucho más eficiente utilizar lenguajes de programación a más bajo nivel (y menos legibles) con el fin de optimizar mucho más los cálculos.
No solamente eso. En conjunción con el diseño de Hardware, aparecieron nuevas arquitecturas tan complejas y distintas a lo que la Historia venía contando, que toda esta materia parecía más adentrarse en las puertas de los misterios tales como la Física Cuántica: funcionaba así, no entendíamos muy bien el porqué. Se perdió la pista. Avanzó tan rápido que ya resultaba poco menos que imposible entender qué estaba sucediendo dentro de las máquinas.
Así, en favor del progreso y la eficiencia, la Humanidad miró hacia otro lado. La IA ya tenía su propia expresión y modo de hacer las cosas. No se cuestionaba (no se podía en realidad). Y seguimos hacia adelante, confiando de que lo que corría dentro de nuestras máquinas era lo correcto. De esta manera se plantó la semilla de lo que sería más adelante una bandera blanca, una carta de rendición. Comenzó a llamarse La era Frankenstein puesto que el creador ya no tenía control sobre su creación.
Continuará…