Una noche en la frontera

April 25, 2026 · 4 min read · literature · contest

Nos encontrábamos en Prípiat buscando una trepidante aventura, propia de turistas queriendo conocer algo más de historia y nuevos horizontes. Nuestra suerte cambió en el preciso momento en que, cuando nos dirigíamos a nuestro alojamiento, escuchamos el rugido del motor en la noche. Un camión militar nos cortó el paso y de él surgió un grupo de soldados. Nos obligaron a subir atrás a punta de Kalashnikov. El tacto de las bridas en las muñecas se sentía áspero y lacerante. El olor a combustible quemado lo invadió todo. No veíamos nada porque cubrieron nuestras cabezas con unos sacos de arpillera que olían a tierra removida. Las ganas de hablar se nos quitaron tras los primeros golpes ante nuestras preguntas.

Llegamos al cabo de unas horas a las afueras de otra ciudad; no había más que un montón de bloques de edificios, todos clónicos, con el aspecto de las típicas construcciones del período soviético. Nos apearon de los camiones y nos condujeron a lo que parecía el patio de luces de uno de esos enormes edificios. Todo estaba frío y mal iluminado. Había cristales rotos, escombros y cables pelados por todas partes y seguíamos sin entender nada. Aún maniatados, nos dejaron allí fuera, esperando, sin opción de salir. Una celda con vistas a la noche.

De pronto, un rugido ensordecedor. Todo vibraba y se había levantado mucho polvo. Un helicóptero despegó cerca de donde nos encontrábamos y vimos cómo se marchaba hacia la noche dejando tras de sí una tensa incertidumbre y un silencio que sabía a polvo.

Tres figuras salieron al patio tras abrir el candado que mantenía la cadena bloqueando la puerta. Uniformados. Un hombre y dos mujeres. Una de ellas era la más veterana del grupo; no entendíamos de galones, pero llevaba en el pecho más distintivos que los otros dos y muchos más inviernos en los ojos. De los otros destacaban sus miradas, jóvenes como las nuestras y azules como el hielo. Escrutaban con cierto aire de impaciencia y quizás temor.

Se pusieron firmes a una voz de la que mandaba. Nosotros, no sé por qué, hicimos lo mismo poniéndonos en fila y cuadrándonos como pudimos. El gesto pareció agradarle y se nos acercó enarbolando una sonrisa que me heló la espalda. Sentí el tacto de su guante de piel buena cuando me hizo levantar la barbilla entumecida por el frío. No sé qué dijo en ruso cuando me dio a entender que los hombros los llevaba echados para adelante, que me pusiera rígido, cosa que hice al momento. El gesto fue casi maternal. Me percaté que los otros dos soldados se miraban de reojo y se reían de la escena, con un nerviosismo pueril.

Gritó de nuevo algo en ruso y dimos una encogida. El soldado se acercó a nosotros con una carpeta en la mano, que abrió. En un inglés bastante ortopédico nos dio a entender que ahora formábamos parte del ejército ruso y nos daba la bienvenida al cuerpo de ingenieros y ésta nuestra primera misión. Se trataba de evaluar el consumo energético en esa colmena de edificios, donde las lecturas indicaban un comportamiento errático de la red eléctrica y un abastecimiento irregular. Había planos, fórmulas, gráficos… todo un dossier.

Con la cabeza entre confundida y exhausta ya pensando en el problema, una nueva alerta. Una sirena. No entendimos, pero nuestros ahora superiores, sí. Gritaron algo en ruso y como respuesta a nuestras caras de incertidumbre, aclararon: «Kiev! Attacking us!»

El nerviosismo se apoderó de ellos y corrieron a las puertas de ese patio, manipulando el candado con el pulso agitado, tratando de dar con la llave con la que se abría. Tras unos segundos escuchamos el alarido crispado de uno de ellos: «¡Niet! ¡Niet!», mirando al cielo con la cara desencajada en una mueca de terror. Una luz iluminó el patio, un zumbido como el de un enjambre lo invadió todo y en el firmamento vimos un enorme dron sobrevolándonos y delatándonos con su luz. Era una suerte de misil enorme, con hélices que lo hacían mantenerse estático y parecía mirarnos. En ese instante lo supimos; sus ojos vacíos, su ausencia de vida… aquella cosa iba a lanzarse implacable contra nosotros y nos iba a matar. Allí se acaba todo, y lo último que íbamos a escuchar era ese réquiem ensordecedor haciéndonos volar por los aires.

Desperté en el otro extremo de Europa. Mi esposa y los niños dormían tranquilos y mi mente se ajustó a nuestra realidad. Esa noche apenas me asomé a ese abismo de horror y barbarie que se desataba a miles de kilómetros al este.


Presentado para el concurso literario de relato corto municipal, 2026, bajo el pseudónimo de Laguna Loire.